Yo obligué a Lalo para que se cogiera a mi mejor amiga que ¿cómo logré hacerlo? ni yo misma lo sé. Vienen a mí vagas reminiscencias de aquella tarde. Recuerdo que llovía y las gotas chocaban fuertemente contra el cristal y por cierta hendidura se filtraba una ligera brisa que me mojaba la espalda y llenaba de frío mi cuerpo, pero eso no me importaba, me importaba el mezcal y los labios que se agitaban para calentarme lentamente.
De veras, no lo recuerdo, ahora sólo se asoman imágenes de aquel día, las palabras, las he olvidado. Lo más probable es que en nuestra conversación haya aparecido Lalo, con eso de que “hablando del rey de Roma… y el pendejo que se asoma”. No sé cómo se le ocurrió llegar si le dejé claro que tenía un compromiso ineludible con los compañeros de la escuela. Le mentí, obvio, no le iba a decir que el compromiso era con Laura y pues ¿cómo iba cambiar las caricias de la negra por una tarde común y corriente a lado de él? Además, era la despedida, mí mulata se regresaba a Cuba.
No me di cuenta en qué momento entró, ni del tiempo que llevaba observando; tal vez en su cabecita se trazó la idea de que me encontraría revolcada con alguien. Ya tenía días diciéndome que me veía rara, ida, en otro mundo, hasta se le ocurrió comentarme que no soportaría que le pusiera los cuernos, ni siquiera con una mujer, por eso, deslizó sus pasos sin hacer ruido, quería sorprenderme y el sorprendido fue él, no por verme enredada en las piernas de la negra, sino por mi actitud. Honestamente me puse como loca en vez de sentirme avergonzada, sobre todo, cuando dijo: — ¡ya esperaba algo así!
No pude controlarme, mi sangre estaba envenenada de alcohol y de ira; lo culpé por lo que yo estaba haciendo. Él era responsable del engaño, no quiso acceder a mi propuesta.No sé por qué se queja, tuvo la culpa al explicarme sus ideas. Al principio me parecía algo sucio hacerlo con una mujer, no estaba dispuesta a realizar ciertas cosas, como darle placer oral, a él todo ¿pero a una chica? eso me parecía imposible; a mí no se me hubiera ocurrido, pero me contó sus fantasías y sentí la curiosidad de probar y lo hice con mi mejor amiga.
Seducirla fue fácil, y tampoco gasté muchas frases para convencerla de formar un trío. Lo difícil fue persuadir a Lalo, es más, ni siquiera lo logré… Cuando le mencioné que ya había a encontrado con quien, se alegró, sin embargo, la fugacidad de un nombre se llevó el entusiasmo. — ¿Con ella?— preguntó decepcionado. No indagué el por qué del rechazó, lo intuía, el color y la voluptuosidad de la mulata lo llenaban de una extraña antipatía.
Nunca imaginé que pasaría todo esto. La situación se me salió de las manos. Mis rabietas infantiles fueron para él un torbellino de insolencias, se desesperó y me dejó hablando sola, pero ¿qué quería?, que no probara. Tenía que experimentar, por eso me involucré con ella…Yo también deseaba tenerlos al mismo tiempo y cuando lo invité, prefirió irse. Por esa razón tomé el cuchillo; tenía que terminar lo que había empezado, estaba a punto del orgasmo cuando irrumpió y, como era lógico, tenía que utilizar cualquier medio para saciarme. Amenazarlo no fue la mejor idea pero sí la única forma que encontré para poseerlos simultáneamente.
Recuerdo que lo jalé y posé el cuchillo sobre su cuello. La navaja penetró en su piel rasgándola; una gota de sangre se asomó para invitarme a continuar. No lo dejé escapar, lo sometí y lo regresé a la habitación. Eduardo sabía que era capaz de hacer cualquier cosa al estar dominada por la ira, por esa razón no me puso trabas.
Laura permanecía inerme y su sensualidad lucía entre las sábanas… Cuando me vio entrar no necesitó indicaciones, estábamos tan conectadas; de inmediato adivinó mis pensamientos, ella se levantó para quitarle la ropa. ¡Ah mi negra tan linda! obedeció a mi voz sin chistar cuando le dije que lo amarrara, tampoco se resistió cuando le indiqué que tomara la verga y que se la comiera, sin embargo, el sexo de Lalo mostraba una flacidez ridícula, no reaccionaba a los estímulos de mi compañera, eso me exasperó y lo golpeé; opté por vendarle los ojos, fue para distraerlo mientras unos labios extraños lo invadían.
Poco a poco reaccionó, no le quedaba de otra, sabía que lo seguiría golpeando sino mostraba la fortaleza necesaria para satisfacerme. Realmente no le dejé de pegar, sentí tanto placer al escuchar el sonido de su carme machacada. ¿Qué sí gritó? claro, uno de sus gritos me orilló a ponerle una mordaza; no era nada gracioso que me volvieran a interrumpir y fue necesario ahuyentar cualquier señal que pudiera descubrir algún vecino.Pobrecito, su piel quedó totalmente marcada. Estaba tan caliente en esos momentos, todo se complementaba, una boca mamando y cuerpo flagelado.
Y no paró ahí… le ordené a Laura que se montara sobre su cuerpo y cuando lo hizo se meneaba con tanta delicadeza que requerí azotarla y para complacerme, ella tuvo que acelerar sus movimientos.No existieron dudas, sabía que gozaban y ese goce me incitó para poner mi trasero sobre la boca de él; lo forcé para que introdujera la lengua y con eso logró, por instantes, apaciguar mi lujuria.
Yo quería más y no me conformé con juguetear con los senos de la negra ni con besarla o tocarla, necesité acostarla para mirar como ese miembro se sumergía, fue cuando sentí el impulso de probar la miel que escurría de esos dos sexos; era riquísimo beber de esa mezcla, los había probado por separado pero la unión produjo un sabor distinto, delicioso.
Sé que se corrió la negra pues su cuerpo se consumía, se apagaba, se alejaba de mí y de él; aproveché esa oportunidad para treparme en el falo que permanecía tieso... Cuando se recuperó yo disfruté de la misma forma y todavía más, ella tomó nuestro juguete favorito y fui doblemente penetrada. No dejé de besar a Lalo, presentía que serían mis últimos besos, y mientras lo hacía, experimente un éxtasis nostálgico, un orgasmo fugaz que me dejó inquieta, en ese momento comprendí que no volvería a tenerlo, que no perdonaría la infidelidad ni que lo haya instigado a estar con una chica que no deseaba.
Y pensar, que a lado de ellos pasé atardeceres embriagantes y noches placenteras, claro, en sesiones distintas; era feliz, tenía conmigo, no a mi media naranja, era dueña de una completa y mis dos mitades que se mezclaron una tarde lluviosa provocando el resultado más exquisito y fugaz… Lástima, pues ahora que no los tengo, he comenzado a extrañarlos.
Mariana Flores